“Enero no tiene la culpa”

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Novela breve sobre propósitos, expectativas y otras formas suaves de fracasar

Capítulo I

El año entra sin llamar

El año nuevo llegó como llegan casi todas las cosas importantes en la vida: sin avisar y sin solucionar nada.

Martín se despertó el 1 de enero convencido de que algo debía haber cambiado durante la noche. Abrió los ojos con cautela, como quien teme encontrarse con una versión mejorada de sí mismo que venga a exigirle responsabilidades.

No ocurrió.

Seguía cansado, seguía siendo él y el reloj seguía odiándole con la misma intensidad de siempre. El calendario marcaba enero, pero el cuerpo marcaba cansancio crónico y el ánimo un moderado “ya veremos”.

Cogió el móvil con la esperanza irracional de haber despertado famoso, rico o al menos interesante. Nada. Solo felicitaciones genéricas de personas que escribían “Feliz año 🥂✨” como si eso fuese un conjuro ancestral capaz de mejorar la vida de alguien.

Respondió a varios con un “¡Igualmente!” tan automático que podría haberlo enviado un tostador inteligente con depresión.

Se levantó despacio. Su cuerpo tenía la consistencia emocional de un mueble antiguo. Cada articulación crujía como si estuviera protestando formalmente contra la idea de seguir existiendo otro año más. En el baño, el espejo le devolvió una mirada honesta. No fingió entusiasmo.

—Bueno —dijo Martín—, a ver qué versión nueva traemos este año.

El reflejo no contestó. Era un espejo serio.

Capítulo II

La lista

Como mandan los rituales modernos, Martín escribió una lista de propósitos. Lo hizo serio, concentrado, con la solemnidad reservada a los actos que no se repetirán.

1. Hacer deporte

2. Comer sano

3. Ahorrar

4. Leer más

5. Ser mejor persona (sin especificar)

La quinta opción le pareció especialmente sólida. Amplia. Ambigua. Perfecta para no medir resultados.

Al releer la lista sintió un orgullo breve pero intenso, como el de alguien que acaba de comprarse unas zapatillas deportivas convencido de que eso ya cuenta como entrenamiento.

Guardó el papel en un cajón junto a otros proyectos inconclusos: cables que ya no conectaban a nada, manuales de electrodomésticos inútiles y una versión optimista de sí mismo que había dejado de insistir.

Se puso ropa deportiva. No hizo deporte. Pero se la puso. Aquello, decidió, contaba como intención avanzada.

Capítulo III

Enero

Enero no pasó. Enero se quedó.

Los días tenían esa luz gris que no ilumina, solo recuerda que existe el invierno y que no hay prisa por ser feliz. Martín salió a caminar “rápido”, ese término ambiguo que permite ir despacio pero con culpa.

Observaba a la gente correr con fascinación antropológica. Humanos creyendo que el calendario les había desbloqueado habilidades nuevas.

Un hombre pasó corriendo y le sonrió. Martín se sintió personalmente atacado.

Volvió a casa y se sentó en el sofá “solo un momento”. Ese momento duró una hora y media. El sofá lo abrazó con la calidez de alguien que sabe que hoy no vas a cumplir tus sueños.

Capítulo IV

Amenazas exteriores

En la esquina se encontró con su vecino Julián, jubilado y peligrosamente vital.

—¡Feliz año! —dijo Julián, saltando casi—. Este año me he propuesto vivir el presente.

Martín asintió, impresionado.

—Yo también —respondió—. Pero desde casa. Y sin cardio.

Julián salió a correr. Martín volvió al sofá. Ambos convencidos de haber tomado la decisión correcta.

Capítulo V

Mentiras colectivas

Martín abrió redes sociales. Cuerpos nuevos, agendas nuevas, frases inspiradoras sobre “convertirse en la mejor versión de uno mismo”. Cerró la aplicación con rapidez. Aquello no era contenido; era una distopía bien iluminada.

Decidió que compararse era una actividad de riesgo y abandonó antes de empezar. Otro objetivo cumplido sin esfuerzo.

Capítulo VI

El intento serio

Un día decidió ordenarse. El orden siempre aparece como última esperanza cuando no se sabe por dónde empezar. Abrió un cajón. Dentro había cables inútiles, instrucciones de algo que nunca montó y una tarjeta regalo caducada desde 2017.

Cerró el cajón con decisión. El orden podía esperar.

Comió ensalada. Luego pizza. Porque el equilibrio es importante y el entusiasmo no llena el estómago.

Un amigo le escribió sobre el gimnasio. Respondió “claro” y dejó el resto en manos del destino, que nunca hace seguimiento.

Capítulo VII

El coach

El punto máximo de absurdo llegó un martes. Porque las grandes transformaciones personales nunca llegan en lunes. Eso es marketing.

Un coach motivacional apareció con zapatillas blancas, sonrisa nuclear y una botella reutilizable colgada del cuello como un trofeo.

—El problema no eres tú —dijo—, es tu vibración.

Martín escuchó con educación hasta que comprendió, con una claridad dolorosa, que no necesitaba mejorar. Necesitaba silencio.

—Vete —dijo.

El coach se fue, claramente herido en su chakra financiero.

Capítulo VIII

La revelación discreta

Esa noche no hubo música épica ni epifanías luminosas. Solo una certeza tranquila:

No había que empezar de cero.

No había que reinventarse.

No había que ser la mejor versión de nada.

Había que vivir. Aunque fuera regular.

Escribió en la agenda:

No he cumplido mis propósitos.

Pero sigo aquí.

Cerró la libreta. Y eso fue suficiente.

Capítulo final

Un año normal

El año no fue memorable.

No fue inspirador.

No fue digno de ser contado en conferencias.

Pero fue suyo.

Martín no cambió de vida. Ajustó expectativas. Llegó tarde algunos días, cumplió a medias y se rió cuando tocaba.

Descubrió algo importante, aunque poco vendible:

No todos los años tienen que ser extraordinarios.

Algunos solo tienen que pasar.

Y, a veces, eso es más que suficiente.

FIN

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