La suerte. Esa palabra tan pequeña a la que le atribuimos cosas enormes. Que si he tenido buena suerte, que si soy un gafado, que si nací con estrella o estrellado. La usamos para explicar ascensos laborales, accidentes absurdos, encuentros amorosos y fracasos estrepitosos. Pero, si nos paramos un momento a pensarlo…
¿Existe realmente la suerte o es solo una forma cómoda de explicar lo que no entendemos?
En este artículo vamos a meternos de lleno en el concepto de suerte, buena y mala, desde un punto de vista cercano, pero sin dejar de lado la psicología, la filosofía y la estadística. Veremos teorías a favor, teorías en contra y, sobre todo, por qué seguimos creyendo en ella aunque sepamos que no es tan sencilla como parece.
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Qué entendemos por suerte (y por qué no todos hablamos de lo mismo)
Cuando hablamos de suerte, normalmente nos referimos a acontecimientos positivos o negativos que ocurren sin que podamos controlarlos. Algo que no depende de nuestro esfuerzo, ni de nuestra intención, ni de nuestras decisiones conscientes.
Pero aquí ya aparece el primer problema:
no todo el mundo entiende lo mismo por suerte.
Para algunos, la suerte es puro azar.
Para otros, es una fuerza casi mística que reparte premios y castigos.
Y para muchos, es una mezcla extraña entre casualidad, intuición y oportunidad.
La lengua española lo deja claro con sus expresiones:
“Tener potra”, “estar tocado por una varita”, “no dar pie con bola”. Todas sugieren que hay algo externo, invisible, que influye en cómo nos va la vida.
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Buena suerte y mala suerte: dos caras del mismo concepto
Curiosamente, solemos hablar mucho más de la mala suerte que de la buena. Cuando algo sale mal, necesitamos explicarlo. Cuando sale bien, a veces lo damos por merecido.
La buena suerte suele asociarse a:
• oportunidades inesperadas
• encuentros fortuitos que cambian una vida
• éxitos que llegan “sin buscarlos”
La mala suerte, en cambio, aparece ligada a:
• accidentes
• enfermedades
• decisiones que salen mal pese a haber hecho “todo bien”
Lo interesante es que el mismo hecho puede interpretarse como suerte o como consecuencia, dependiendo del resultado final. Y ahí entra en juego nuestra percepción.
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La suerte desde el punto de vista del azar y la probabilidad
Desde la estadística y las matemáticas, la suerte no existe como tal. Lo que existe es el azar, la probabilidad de que ocurra un evento dentro de un conjunto de posibilidades.
Lanzar una moneda no tiene memoria.
Sacar un número en la ruleta no responde a si ayer perdiste mucho.
El universo no compensa.
Lo que ocurre es que nuestro cerebro odia el caos. Necesita patrones, causas, explicaciones. Así que cuando algo improbable sucede, lo llamamos suerte.
En realidad:
• lo raro ocurre porque hay millones de oportunidades para que ocurra
• lo improbable no es imposible
• lo extraordinario deja de serlo cuando se repite a gran escala
Desde esta visión, la suerte es solo una etiqueta emocionalque ponemos al azar cuando nos afecta directamente.
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Psicología de la suerte: por qué algunas personas parecen más afortunadas
Aquí viene una de las partes más interesantes. Hay estudios psicológicos que muestran que las personas que se consideran “con suerte” se comportan de manera diferentea las que se consideran desafortunadas.
No porque el universo les trate mejor, sino porque:
• están más abiertas a nuevas experiencias
• prestan más atención a oportunidades inesperadas
• asumen más riesgos calculados
• interpretan los fracasos como aprendizaje y no como condena
En cambio, quienes creen tener mala suerte:
• anticipan resultados negativos
• evitan situaciones nuevas
• recuerdan más los fracasos que los aciertos
• refuerzan su propia narrativa de infortunio
Es decir, la creencia en la suerte influye en el comportamiento, y el comportamiento influye en los resultados. Un círculo que se retroalimenta.
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El sesgo cognitivo: cuando recordamos solo lo que confirma nuestra suerte
Nuestro cerebro no es un juez imparcial. Funciona con atajos mentales llamados sesgos cognitivos. Uno de los más importantes en este tema es el sesgo de confirmación.
Si crees que tienes mala suerte:
• recordarás con claridad cada vez que algo te salió mal
• olvidarás las veces que todo fue normal o salió bien
Si crees que tienes buena suerte:
• interpretarás los problemas como anecdóticos
• darás más peso a los éxitos
Así se construyen las “rachas”. No porque existan realmente, sino porque nuestra memoria selecciona lo que encaja con la historia que nos contamos.
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Filosofía: destino, azar y responsabilidad personal
Desde la filosofía, la suerte ha sido un tema central durante siglos.
• Para los estoicos, el azar existe, pero lo importante es cómo reaccionamos a él.
• Para el existencialismo, no hay suerte ni destino: solo decisiones y consecuencias.
• En visiones más deterministas, todo está encadenado por causas previas, así que la suerte es solo ignorancia de esas causas.
Aquí aparece una pregunta incómoda:
¿Cuánta responsabilidad estamos dispuestos a asumir de lo que nos pasa?
Creer demasiado en la suerte puede ser un alivio, pero también una trampa. Nos exime de analizar nuestras decisiones. Al mismo tiempo, negar cualquier papel al azar puede ser injusto y cruel.
La realidad, como casi siempre, parece estar en un punto intermedio.
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¿La suerte se crea o se encuentra?
Hay una idea que se repite mucho: “la suerte favorece a los preparados”. No significa que todo dependa de ti, sino que estar atento, moverse y exponerse aumenta las probabilidades.
No controlas:
• dónde naces
• qué te ocurre inesperadamente
• qué personas se cruzan en tu camino
Pero sí influyes en:
• cómo interpretas lo que ocurre
• qué haces con las oportunidades
• cuánto persistes tras un golpe
Desde este enfoque, la suerte no es algo mágico, sino una combinación de contexto, acción y percepción.
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Supersticiones y rituales: por qué seguimos necesitándolos
Pese a vivir en una sociedad científica, seguimos tocando madera, evitando pasar por debajo de escaleras o llevando amuletos.
¿Por qué?
Porque los rituales:
• reducen la ansiedad
• dan sensación de control
• ordenan la incertidumbre
No funcionan objetivamente, pero funcionan emocionalmente. Y eso, para el ser humano, ya es bastante.
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La mala suerte como relato personal
Hay personas que construyen su identidad alrededor de la mala suerte. No porque quieran sufrir, sino porque les da coherencia narrativa. Todo encaja. Todo tiene una explicación.
El problema es que ese relato:
• limita las decisiones futuras
• reduce la iniciativa
• convierte cada tropiezo en una profecía cumplida
Cuestionar la propia mala suerte no es negar el dolor, sino recuperar margen de maniobra.
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Entonces… ¿existe la suerte o no?
Depende de cómo la mires.
• Como fuerza externa consciente, no.
• Como puro azar, sí.
• Como percepción subjetiva que influye en el comportamiento, sin duda.
• Como excusa o refugio emocional, también.
La suerte no es una entidad, pero tampoco es una ilusión total. Es una palabra que usamos para nombrar la intersección entre lo que no controlamos y cómo lo vivimos.
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Reflexión final: quizá la suerte no sea lo que nos pasa, sino lo que hacemos con ello
Tal vez la pregunta no sea si existe la suerte, sino qué hacemos cuando aparece algo inesperado. Si lo aprovechamos, si nos hundimos, si aprendemos o si lo ignoramos.
Al final, la vida es una mezcla constante de azar y elección. Y aunque no podamos decidir todas las cartas que nos reparten, sí podemos decidir cómo jugarlas.
Y eso, más que suerte, se parece bastante a vivir.
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