Capítulo 24: El hombre que dejó de existir

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Álvaro despertó con el sabor del hierro en la boca y el cuerpo convertido en un campo de escombros.

Tardó varios segundos en entender que seguía vivo. El dolor llegaba con retraso, como si su cuerpo aún no hubiera decidido si merecía continuar. Abrió los ojos y solo vio oscuridad, interrumpida por una bombilla desnuda que parpadeaba sobre su cabeza.

Un sótano.

Frío.

Seguro… de momento.

Se incorporó con dificultad. El costado le ardía, el hombro derecho apenas respondía y tenía la ropa rígida por la sangre seca. Recordaba fragmentos: el salto, el impacto, el fuego devorándolo todo. Recordaba la mirada de Clara cuando decidió alejarse. Eso era lo que más dolía.

Sobre una mesa metálica había un botiquín abierto. Alguien le había cosido como había podido. No con cuidado, pero con experiencia. Álvaro no preguntó quién. No necesitaba saberlo.

Caminó hasta un espejo agrietado apoyado contra la pared. El reflejo le devolvió un rostro más viejo. No por las heridas, sino por la decisión que ya estaba tomada.

Encendió una pequeña radio portátil. Las noticias hablaban con la frialdad de siempre.

—…tras el incendio de la mansión, las autoridades confirman la muerte del inspector Álvaro Rivas, hallado entre los restos…

Álvaro apagó la radio.

Silencio.

Se sentó y sacó el reloj del bolsillo. El mismo que había llevado durante años. El mismo que ahora descansaba en la muñeca de un cadáver que no era él. Lo observó unos segundos, como si esperara que marcara una hora distinta. No lo hizo.

Lo dejó caer dentro de un bidón oxidado junto a otros objetos: una cartera vacía, una placa sin nombre, un teléfono sin batería.

Prendió fuego.

Las llamas devoraron el metal lentamente. Álvaro observó sin parpadear. No era un funeral. Era una renuncia.

Horas después, desde una colina cercana, vio las luces de la ciudad. Pensó en Clara. En su risa breve, en su manera de no bajar nunca la mirada. Pensó en lo fácil que sería buscarla. Y en lo imposible que sería protegerla si lo hacía.

—Vivir es desaparecer —murmuró, sin saber de dónde había salido esa frase.

Se dio la vuelta y se internó en la noche.

Álvaro Rivas había muerto.

Y el hombre que siguió caminando ya no tenía derecho a volver.

Epílogo 

Meses después…

Clara había aprendido a vivir con el silencio.

No con la paz —esa nunca llegó—, sino con ese vacío constante que se instala cuando alguien desaparece sin despedirse.

La mansión en llamas regresaba cada noche. El crujido del fuego. El olor a humo. La forma en que Álvaro la miró por última vez antes de desaparecer entre las sombras.

Había intentado convencerse de que estaba muerto. De que debía seguir adelante. A veces incluso lo lograba… durante unas horas.

Aquella tarde, sentada en una terraza cualquiera, removía distraída el café mientras observaba a la gente pasar. Vidas normales. Risas. Conversaciones triviales. Un mundo que seguía girando sin pedir permiso.

El camarero dejó la taza frente a ella con un gesto mecánico. Cuando se alejó, Clara notó algo bajo el plato.

Un papel doblado.

El corazón le dio un vuelco antes incluso de abrirlo. Reconocería esa letra en cualquier lugar.

“Si lees esto, significa que Morales no terminó el trabajo. Nos vemos pronto. —A.R.”

El ruido de la calle se desvaneció. Sus manos temblaban. Durante un segundo pensó que era cruel. Una broma. Un delirio nacido del duelo.

Pero entonces levantó la vista.

Apoyado contra una pared, a unos metros de distancia, estaba él. Más delgado. Más cansado. Vivo.

Álvaro la observaba con esa media sonrisa que siempre aparecía cuando las palabras no eran suficientes.

Clara se puso en pie de golpe, derramando el café sin darse cuenta. Caminó hacia él con rabia, alivio y una emoción imposible de nombrar ardiéndole en el pecho.

—Eres un hijo de puta —dijo, con la voz quebrada.

Álvaro no respondió. No hizo falta.

La atrajo hacia sí y la besó, con la urgencia de quien ha vuelto de muy lejos y sabe que no hay segundas oportunidades.

Esta vez, Clara no le dejó ir.


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